20.5.20

RECUERDOS DE OTRO SIGLO

FUI FELIZ, ECHÉ RAICES

Texto: Mª Pilar Rico Arroyo

Dicen que los recuerdos acunan el alma, yo lo aseguro.
Primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, un día como otro cualquiera.
Simples paréntesis en mis recuerdos. Mis recuerdos se agolpan… me disperso.
Las puertas abiertas, el olor a leña de las chimeneas, siempre hacía frío; las lumbres encendidas para calentar las casas, la leche hervida recién ordeñada y una rebanada de pan untada en nata o mantequilla con azúcar  -un buen desayuno-. Es Fiesta, las campanas de la Iglesia suenan, los aperos y enseres de trabajo descansan,  ¡corre hija, no estás bien peinada..., tienes que colocarte el velo!
Salgo, veo a todos guapos, las abuelas lucen bonitas toquillas hechas a mano, evito los perros..., saludos matutinos “buenos días..., buenos días...”
Las niñas van saliendo de sus casas siempre puntuales y un bullicio llena las calles, cada una al encuentro de las demás, las miradas picarescas de los niños nos alegran, coqueteamos, la calle Real…, las cuatro Calles…, la Plaza…. Los mayores comentan en su caminar “me han dicho que el otro día…, tu vecina dijo…, dicen que la hija de… sale con…, el maestro comentó que tu hijo…”, no se habla de política, bueno yo desconocía que existiera (extraña manera de comunicarse).
En Misa, alguna risa difícil de contener ante cualquier frase inconexa o de complicidad y las miradas vigilantes de los mayores, necesitábamos su aprobación.
A la salida mi hermano se acerca…, analiza mis compañías (un especial ángel de la guarda), no tardes de ir a casa, te esperan para que vayas a por el pan; no olvides coger la tarja (anotación de la compra del pan).
Un festival de olores de las cocinas se cruzaba en las calles: a pollo guisado (por supuesto de corral), a arroz castellano (no paella), a pimientos fritos, a cordero asado, a torreznos….
Todos en la mesa con la puntualidad que exigen las normas, hoy patatas a la importancia (yo soy mala comedora). A mi lado, bajo mis píes ese gato inseparable y gracioso, que maullaba satisfecho desde la seguridad del alimento que adivina e intuye su felicidad.
La obediencia y la sumisión característica de nuestra generación, a veces carente de motivación para respetar y acatar lo que otros decían, hacía que nos sintiéramos bien; una relajación en cierta forma entendida, incluso si algunas cosas nos incomodaban, poníamos en movimiento nuestra capacidad para entenderlas y lo hacíamos de forma natural. Ni siquiera nos preocupaba demasiado si los acontecimientos podrían ser de otra forma, porque asumíamos que cuando se producían así, es porque otros lo habían pensado de la mejor manera para nosotros. Curioso comportamiento social.
Con el interrogante de cómo llevar la tarde del domingo, salgo y me acerco a ver a alguna de mis amigas y charlamos en el corral, fijamos la hora de nuestro paseo hacia La Alegría, por supuesto con hora de regreso.
Regreso a casa, me esperan mis padres con una tarea pendiente (a pesar de mi corta edad), debía ayudar a recepcionar, comprobar y colocar lo comprado en los almacenes de Arévalo para la tienda situada en el centro de la calle Real, con ubicación en la entrada de la casa; allí se podía encontrar de todo: tejidos, camisas, pantalones, boinas, sábanas, toallas, agujas… y cualquier otra cosa inimaginable.
Cumplo mi obligación y me marcho para salir: mi propina, advertencias múltiples y abrazos de despedida como si fuera a iniciar un largo viaje.
Nos reunimos las amigas y con pasos acompasados, sin despistarnos unas de otras, atravesamos el pueblo y llegamos a la carretera; nada había cambiado, pero para nosotras el camino se presentaba ilusionante. Nuestras conversaciones, risas y también algún enfado, llenaban la tarde. Los encuentros, no por previstos, nos parecían sorpresivos. Nuestra ingenuidad era un valor, nuestra niñez se llenaba de sueños incumplidos.
Regresamos, la tarde estaba cayendo, un día más para el recuerdo en el que sois protagonistas todos los que formasteis parte entrañable de mi vida.
Las cuadras normalmente estaban adosadas a las casas: gallinas, conejos, cerdos (bien engordados para la matanza), gatos, perros compañeros insustituibles de pastores y hortelanos, burros que soportaban estoicamente el cansancio, el hambre y el desasosiego…, carros, aperos de labranza, serones, sacos, tejas apiladas, todo una galería de lo que suponía el día a día del principal modo de vida en Martín Muñoz de las Posadas.
Preciosa Galería de Arte, porque artistas eran los que con tan pocos medios y mucho trabajo conseguían una magistral OBRA DE ARTE: los excelentes productos de la huerta (pequeños minifundios), la cría y cuidados de animales y la supervivencia de la familia; por supuesto, sin olvidar el inalterable trabajo de la mujer en las casas y las huertas, dándonos un ejemplo de economía -lección que no supimos aprender-.


La idiosincrasia de los pueblos, de sus gentes y de sus costumbres son patrimonio inherente de su cultura, y mi pueblo –porque lo he sentido así- e imprimió en mi carácter: los cebolleros somos leales, hospitalarios, trabajadores, humildes y familiares.
Las vivencias atesoradas en mi mente han sido la mejor ayuda para cimentar mi escala de valores; gracias, muchas gracias. Nuestros hijos han nacido en un entorno diferente, donde la propia iniciación desde pequeños les hace ser directos protagonistas del cambio que se ha producido; han aprendido por la simple evidencia de lo que ven. Pero ese cambio no hubiera sido nunca posible sin vosotros, hombres y mujeres de aquella generación auténticos protagonistas de la historia.
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