22.9.16

Paisajes de Temporada

Texto y foto: Juan José Alonso Gallego

Mayo lleva caminando unos días, padre también habla de cambiar la residencia del pueblo para ir a vivir a la casilla que tenemos en la huerta; es decir,  lo de todos los años  cuando en este mes el tiempo es favorable para hortalizas.
Ha decidido y necesita a toda la familia en la huerta, para ayudar en las tareas propias.  No hay que distraer el tiempo en viajes, recorriendo cada día la distancia  entre la huerta y la casa del pueblo para hacer las comidas o para dormir. No se ha esperado al lunes para comenzar la semana en la huerta, lo ha pensado un jueves por la tarde y de madrugada el viernes, entre todos hemos recogido lo necesario, se ha cargado el carro hasta donde no cabía más, por cima incluso de varales, para irnos a la casilla de la huerta.

El viaje lo hacemos, junto a los enseres que van en el carro arrastrado por una mula ayudada por un burro, mis  padres y todos mis hermanos, total nueve de familia; nos acompañan los animales de compañía, perro y gato y los que utilizaremos para  alimentarnos: conejos, gallinas y cerdos todavía pequeñitos. Entre nosotros nos vamos cruzando miradas, es como un reencuentro, ha pasado un año más y observamos que algo hemos cambiado; también miramos el paisaje más próximo al camino, nos resulta familiar y comparamos o porfiamos si tiene más o menos vegetación o más o menos florecillas que otros años. Con paso forzado por la carga, los animales que tiran del carromato nos van aproximando al destino. Hemos superado la pequeña loma y ya estamos situados en la planicie, áridas tierras para el cultivo del cereal y donde predominan cantos  rodados, que por su abundancia se continúan viendo entre cebadas y trigales. Las espigas comienzan a formarse y una ligera brisa las mece, formando un mar en calma relativa, porque pequeñas ráfagas de viento agitan las diminutas espigas que, en nuestra imaginación, se convierten en olas de más intensidad; El paisaje es relajante e impone el silencio entre nosotros; ya no pensamos en lo que dejamos atrás, es el momento del espacio de transición.

Cruzado el mar de cereales, levantamos la mirada y divisamos una masa de pinares, otras lomas en el horizonte y un cielo azul aventurando que el día será espléndido; ahora viene la cuesta abajo y hay que tomar precauciones para no volcar el carromato, y entre un ¡cuidado!, ¡despacio!, ¡que tu hermano se ponga detrás!, ¡no os pongáis ninguno delante del carro¡ nos hemos presentado a la entrada de los pinares. De nuevo llegan los recuerdos de las vivencias que nos transmite este escenario; con los recursos que nos aporta, desde el barrujo y el ramaje que utilizamos para cubrir la techumbre de cuadras o gallineros y las piñas y cándalos utilizados para poner la lumbre baja del interior de la casilla y cocinar los alimentos, hasta el espectáculo genial de toda la población de aves que habitan en el pinar; pensamiento, aún iremos a localizar los nidos para ver las crías abriendo el pico todo lo que pueden para que sus padres les pongan la comida. Lo dejaremos para las “mientras siestas”.

Llegamos al camino que divide los pinares de la vega, desde donde se divisa toda la amplia zona de huertas, salpicadas de álamos y chopos aislados junto a las norias, algún frutal y las casillas. Al fondo se ve la nuestra; estamos llegando, se crea expectación en la familia; una cascada de pensamientos, unos comparando, otros con deseos, según nos aproximamos noto como si la mirada pasara por alto de lo superficial y buscara otros horizontes. Toñín, Pepote, Pilarín.

Cuando los animales de tiro detienen el carro junto a la casilla, salimos todos corriendo a curiosear por los rincones de su interior y los espacios del entorno,  buscando recuerdos pasados.
La primera noche cuesta coger el sueño, que es rápido en salir por los mismos agujeros de los ventanucos, cruzándose con los primeros rayos del sol, dando paso al inicio de las jornadas “de sol a sol”; en la primera mañana ya hemos hecho recuento de flores que presentan algunas plantas de las hortalizas y también hemos formado los primeros cauces por donde correrán las aguas que las regarán. Y así, sin darnos cuenta llegó la hora de comer y seguida la primera “mientras siesta”.

Como estaba acordado me junté con Toñín, Pepote y Pilarín para ir a descubrir qué aspecto tendría el río, a su paso por el puente junto a la ruina del antiguo molino; al principio el caminar era lento, el sol se aplicaba en calentar, al paso por los pedregales y arenas de los últimos pinares que abren la ventana al río; el ritmo se hacía más ligero y la emoción más grande al descubrir la abundante vegetación que adorna su cauce, fruto de las lluvias caídas. Es la hora de hacer volar nuestras zapatillas y sumergir los pies en su abundante caudal, a la vez que nuestras miradas tratan de localizar los numerosos pececillos y otros pobladores acuáticos que cada día observaremos; reposando la curiosidad por los cambios que se descubren  con el transcurrir de las temporadas. Por un momento he puesto la atención en Pilarín, que también ha cambiado. Percibo que hay más sentimientos, algunos son nuevos y me temo que han llegado para formar parte de un nuevo mundo interior. Antes mi atención era para los arbustos, donde íbamos marcando los nidos de las aves  que también comenzaban a tener habitantes; ahora mis ojos se detienen en caminos de pequeñas flores en el margen del cauce, regadas por aguas remansadas y cansadas de recorrer terrenos diferentes, con unos colores especiales y brillantes que, no sé por qué, los comparo con el brillo de otros ojos, cuando el reloj natural nos dice que el “mientras” ha quedado atrás y la siesta se ha terminado.